
Nos gustan que nos desalojen para echarnos el cigarrito, el purito de Antonio López, iniciar el cotorreo o ir a tirarnos al bar, que es la piscina del trabajo llena de cerveza.
La chispa de la rutina está en el desalojo. Uno va al trabajo con los ojos japonizados de estar toda la noche escuchando a las putas y a los chulos-putas gritarse, entre neones parpadeantes y lapizlázulis, como de una Torre neoyorkizada y mcdonalizada, y lo que queremos es que nos desalojen un rato y salir a la tasca que no hay o a la calle, a que nos dé el viento caliente de junio, que es un terrá del terreno, como el vino del Guerra, que va y viene como una góndola soñadora por la Venecia del cuerpo.
A todos nos han desalojado alguna vez. En el colegio, entre bombas de ficción y persianas rotas por las pedradas del suspenso; en el campo de fútbol, por una lluvia bíblica, una lluvia de Noé, interminable, igual que un divorcio; en el Ayuntamiento, como ayer, por el fuego, que no era sino el humo de un cortocircuito político, encaramado a la Alcaldía, que está en una esquina, en un corner de la plaza, como una cenicienta de ladrillo.
Un buen desalojo empieza siempre por el alcalde. Pero los alcaldes de Vélez nunca están. No se les cae la casa, decimos la Casa Consistorial, oiga, encima. Están en Sevilla que es donde debe estar un buen alcalde, donde se reparte el maldito parné, la pasta, la manteca colará, aunque siempre nos toque luego la mantequilla, la calderilla sonora.
Desalojándonos vamos encontrándonos a nosotros mismos y uno se acostumbra al desalojo y siempre está ya desalojado, y uno es también ya un alcalde sevillanizado, como el otro, oiga, que va dejando sombras, entre un cambio que no llega.