El que fuera secretario general del Partido Andalucista, Antonio Ortega, es por encima de todo una buena persona. El pasado fin de semana los andalucistas celebraban una especie de fiestorro en Sevilla para ver quién o quiénes van a dirigir lo que queda del PA hasta no se sabe dónde. Ortega, al que utilizan miserablemente los mismos que lo denostaron y traicionaron, se dejó de caer por allí. Antonio se lo pasó pipa. No sólo porque presenciaba el espectáculo cómico-político que allí se celebraba, sino porque llegado el mediodía abandonaba tan importante centro de debates para trasladarse a la calle Betis, al magnífico restaurante Río Blanco. Allí lo esperaban un grupo de amigos de los que han echado del partido. El motivo era que Ortega estaba invitado a un coloquio taurino que con el ampuloso nombre de ‘La influencia de la vuelta de José Tomás a los ruedos’ se iba a celebrar en la capital hispalense. Ortega, como es humano, tiene sus debilidades y, una de ellas, es José Tomás. Es un tomasista convencido y militante. Lo mejor fue que cuando por el Congreso se corrió la voz de que Ortega iba a tal coloquio, fueron muchos los que se fueron para allá. Unos para oír y otros para librarse de la última putada de Julián Álvarez: un menú impresentable, como él vamos. Ortega defendió a José Tomás en un coloquio que duró hasta las siete de la tarde y que fue retransmitido por radio y televisión. Para que el día no fuera completo tuvo que oír que José Tomás no da un pase limpio ni en el toreo de salón. Que se arrima mucho, pero poco más. Alguien le recomendó que viera al Cid.