
Estos graves problemas, a mi juicio, tienen su raíz en las distancias solidarias, cuestión que habría de ser abordada con una perspectiva global que sea, al mismo tiempo, una consideración ética por parte de todos los Estados y sus gobiernos. Hay que extender, de una vez por todas, una solidaridad real y efectiva. Todas las instituciones sociales deben apostar por esta tarea que, aunque laboriosa, es esencial para reducir desniveles que discriminan y destruyen vidas humanas. Debemos reducir, con urgencia, la brecha entre quienes tienen acceso a la abundancia y entre quienes quedan excluidos. Nuestro país ha desarrollado programas de canje de deuda por inversiones en educación y otras políticas sociales, que han beneficiado ya a diversos países latinoamericanos. Pienso que esa es la línea a seguir para aminorar el abismo que existe entre los que posen recursos suficientes para desarrollar crecimiento y aquellos otros que nada tienen, y que para tener algo, necesitan acumular deudas.
A todas luces, el espantoso endeudamiento de los países en desarrollo se sitúa en una amplia y compleja atmósfera de relaciones económicas, políticas, tecnológicas, con un aluvión a veces de intereses que causan sometimiento. La interdependencia de las naciones entre sí conlleva la necesidad de concertar la globalización del bien común. Correspondencia que para ser justa, en lugar de conducir al dominio de los más fuertes, al egoísmo de las naciones, a desigualdades e injusticias, debe hacer surgir formas nuevas y ensanchadas de solidaridad, que respeten la igual dignidad de todos los pueblos. Hoy en día quien dispone de tecnologías tiene el poder sobre la tierra y sobre los seres humanos. De ahí también han surgido formas de desigualdad que habría que controlar, entre los poseedores del saber y los simples usuarios de la técnica.
La "Carta de los obispos de América Latina y el Caribe", entregada el 15 de mayo a la canciller alemana, Angela Merkel, con motivo de la V Cumbre de Jefes de Estado y de Gobierno de América Latina, el Caribe y la Unión Europea (ALC-UE) realizada en Lima, es otra muestra más de la situación de desigualdades que sufre el mundo. La misiva advierte de la situación general en que viven los pueblos de la región, marcados por la pobreza, la exclusión, la fisura creciente entre ricos y pobres, la inviabilidad de la pequeña producción agraria y la pequeña empresa, desocupación y precaria situación laboral, sistemas inadecuados de educación y salud pública, inseguridad y violencia, inexistencia de una seguridad alimentaria, migración causada por la falta de oportunidades y el deterioro del equilibrio ecológico.