
Me van a permitir que me ponga nostálgico. Si otros no paran de darnos la tabarra con la dichosa memoria histórica, uno también tiene derecho de vez en cuando a echar una miradita atrás.
Cuando éramos niños, esperábamos con ilusión la llegada de uno de aquellos tres Jueves que relucían más que el sol. Éste, era muy especial. El día del Corpus servía como punto de partida del verano. Se abrían las heladerías de la época: Mira, Lauri, La Veneciana y algunas otras. Los niños estrenábamos la ropa de verano "la de los domingos". Nos habían pertrechado con unas sandalias blancas de suela de "tocino" en Segarra, las que a lo largo del día perdían su albor al enredarse en las juncias y demás tiras vegetales que alfombraban las calles del recorrido de la procesión. Era reglamentario hacerse una foto familiar (alguna guardo todavía) ante el Monumento erigido para el caso ante la estatua de Larios. El fotógrafo, -creo que era el padre de los Griñán, que aún siguen maquina en ristre-, tomaba nota del nombre de los retratados en una libreta de gusanillo y, previo pago de una señal, se comprometía a entregar las copias en aquél mismo lugar días después.
Las calles además de alfombradas estaban cubiertas por toldos. Unos rústicos trozos de muselina morena, cruzados por unos cordeles que se amarraban a los balcones de los segundos pisos daban sombra, o por lo menos sensación de ella, a los participantes en la procesión, a los espectadores -que eran muchos más- y a la sufrida guarnición de Málaga que cubría carrera. Tanto los "pisahormigas" del Regimiento de Infantería Aragón 17, como los "gurripatos" del Sector Aéreo, estaban formados a lo largo de las calles que recorría la procesión desde primera hora, con los consiguientes desmayos fulminantes, algunos, fingidos para escaquearse (circunstancia que me consta), y otros, provocados por el calor, la ropa y el correaje (propios para asaltar el cartel de invierno en Moscú).