
Otra de las estafas son, de igual forma, la de los magos y las sectas, que emergen por doquier. Sin duda, el fenómeno del ocultismo está aumentando a velocidad de vértigo, un hecho que hay que tenerlo en consideración para poder afrontarlo con seriedad. Ciertamente sólo hay que encender la televisión, sobre todo algunas cadenas locales, y escuchar. Lo que impulsa a las personas a dirigirse a estos charlatanes, cuentistas de poca monta, radica en una sensación de inseguridad sobre el futuro y, sobre todo, y este es un aspecto importante, la soledad en la que muchas personas viven. Buscan en los magos y en los santones, acompañados de cartas, bolas de cristal y demás atuendos engañabobos, un punto de referencia para resolver los propios problemas. Son una especie de consejeros, pero en el fondo son caraduras, capaces de crear una auténtica relación de dependencia. Casi siempre llaman los mismos a estos programas, donde las llamadas de teléfono valen un riñón y la mitad del otro. Pienso que los medios tienen una grandísima responsabilidad al respecto. Cada vez, con más frecuencia, vemos en televisiones locales, con la fuerza poderosa que tiene el medio de transformar en creíble todo lo que es increíble, un rosario de magos, santones y cartománticos que son presentados como si fueran dioses. Tienen curación para todo. La verdad que oyendo estos programas uno se da cuenta lo enfermo que está el mundo. Porque lo que debería causar escándalo, no es que estos charlatanes televisivos sean un fraude, sino que el público permita que se le tome el pelo descaradamente y encima pagando una buena factura.
Sabíamos que somos corazón y, por ende, fácilmente engañados por aquellos a quienes amamos; conocíamos que para agradar al vecindario a veces tenemos que cultivar una buena dosis de engaño; percibíamos que todo el estudio de los políticos -según Saavedra Fajardo y refrendo propio- se emplea en cubrirle el rostro a la mentira para que parezca verdad, disimulando el engaño y disfrazando los designios; pero, ¡albricias!, lo que nadie ha podido hasta ahora hacer, a pesar de ser tan sabihondos, conocedores y observadores, es engañar a todo el mundo todo el tiempo. Al final todas las estafas se descubren. El tiempo todo lo airea y orea, también el ánimo de lucro. De todas maneras, como dice un proverbio árabe: la primera vez que me engañes, será culpa tuya; la segunda vez, la culpa será mía. O abres los ojos o te los abren a engaño vivo. Usted dirá, pues, si quiere seguir perteneciendo al gremio de los incautos.