
Venía Manolo Rincón todo eufórico después de un encuentro que había mantenido con los padres de la Escuela de Baloncesto Clínicas Rincón. Le había explicado a los padres el proyecto para el año que viene, había explicado también por qué se había tenido que ir a Rincón de la Victoria con su primer equipo, cuando yendo a la altura de Mercovélez se cruzaba con un amigo que iba paseando. Manolo paró su carro, pues tenía ganas de hablar con este amigo. Le abrió la puerta, solícito, e hizo que se subiera en el coche con él. "Yo te llevo a tu casa, no te preocupes", le dijo al amigo. Todo muy bien. Iban hablando del baloncesto, de la rueda de prensa que el alcalde había dado por la mañana en la Tenencia de Alcaldía y de cómo le tuvo él que poner los escudos de Torre del Mar cuando dio la vuelta, a la altura de la Peugeot para volver a Vélez. Su amigo vive en la Avenida de Madrid. Hablando, hablando…se metieron en plena Avenida Vivar Téllez hasta la rotonda de Correos. Allí Manolo se metió para buscar la dirección por la Lonja de Capuchinos. El primer disco que se encontró lo desvió a la calle Cervantes arriba. Así que tuvo que deshacer el camino y llegar nuevamente hasta Correos. Esta vez siguió hacia abajo y se encontraba direcciones prohibidas que le impedían girar a la derecha. Ya, por fin, al final consiguió entrar por el Molino Velasco. Cruzó el cortado Camino de Málaga y se dio de bruces contra el Colegio Andalucía y nuevo desvió hacia la calle Manuel Reina hacia arriba. Nuevos desvíos y más desvíos hasta que Manolo, corta por lo sano y decide llamar a Arrieta para preguntarle cómo podía salir de ese laberinto. Como eran ya las nueve de la noche, Arrieta, después de una agotadora jornada, tenía el móvil apagado. Así que Manolo se las tuvo que arreglar para salir el solito de Vélez. El amigo ya hacía tres horas que se había ido andando y desesperado. Esto es verídico, pregúntenle a Manolo.