
Hablando de bríos. El Consejo de Ministros ha tomado arranque y recientemente ha aprobado, como por otra parte no podía ser de otra manera, la remisión a las Cortes Generales del Proyecto de Ley Orgánica por la que se autoriza la ratificación por España del Tratado de Lisboa. La directora de violines, con cargo de Vicepresidenta del Gobierno, María Teresa Fernández de la Vega, con más dulzura que sonrisas, ha puesto en el pentagrama de los días que el Tratado es decisivo para construir una Unión Europea más legítima, más transparente y más cercana a la ciudadanía, amén de asegurar que el mando ejecutor está intensificando los trabajos preparatorios para la Presidencia española de la Unión en el primer semestre de 2010. A propósito, dice la portavoz del timón gubernamental, con cartera de Presidencia, que España así demuestra una vez más su vocación europeísta y su deseo de estar entre los primeros de Europa. Albricias. Vaya pujanzas. Quizás sea por la cola, porque ahora lo que somos es el país europeo donde más ha aumentado la desocupación en los últimos doce meses, sobre todo el desempleo juvenil y el femenino.
Dicho lo anterior y obviando seguir por los cerros de la Moncloa, retorno a la diversa cartelería del nueve de mayo de los diferentes años. Son una primavera de intenciones que enternecen a cualquiera. Sin embargo, no pasan de la letra impresa. La semántica no parece decirnos mucho. Quizás porque somos aún muy cavernícolas. Helos aquí: "Construyamos Europa juntos. Unificar Europa en paz y democracia. El euro: la Unión Europea en su mano. La ampliación de la Unión Europea: un gran paso histórico. Unida en la diversidad. Europa: Democracia, diálogo, debate. Juntos desde 1957. No se trata de ellos y nosotros, somos tú y yo". Detrás de todo ello, está una Europa que pretende caminar, que aspira a ser casa común con las singularidades debidas, con deseos de incluir. A veces queda lejos ese pabellón Europeo que ha tomado por bandera la ética. Desde luego, la unión no tendrá solidez si queda reducida sólo a la mera dimensión geográfica y económica, pues ha de consistir ante todo en una concordia sobre los valores, que se exprese en las palabras, pero también en los hechos. Y los hechos, por desgracia, son los que son. Europa está crecida, sobre todo de criminalidad, de comercio sexual, de adicciones, de locuras y desarraigos. Así es difícil hacer familia, o sea, hacer patria.