Puntos cardinales

Malta, el corazón del Mediterráneo

En el corazón mismo del mediterráneo del abrazo de tres pequeñas islas fluye el desconocido estado de Malta. Rodeado por bajas colinas y acariciado por un litoral paradisíaco, esta ciudad ofrece al viajero más de siete mil años de historia combinados con un intenso presente.

En Malta el pasado mora por doquier y el futuro se asoma en cada rincón. Y es que en esta urbe todo es contraste; sus inmensas y blancas playas fusionan sin complejo con los abruptos acantilados, así como sus poblaciones de sabor marinero lo hacen con las rústicas localidades del interior. Mitos, ocio, historia y tradición se dan cita en esta joya del mediterráneo, en la que una sorprendente arquitectura ofrece, sin duda, el mejor telón de fondo.
En apenas 316 kilómetros esta metrópolis acuna un impresionante legado monumental, sus calles son un paseo por la historia, un mosaico de culturas y un crisol de civilizaciones. El templo megalítico de Hagar Quin es su vestigio más remoto. Este complejo adornado con figuras de animales, cámaras de oráculos y gigantescas losas de piedra caliza supone un viaje a la prehistoria, un reencuentro con el mundo primitivo, al igual que el Templo de Mnajdra, el trébol de piedra, también de este periodo. La bellísima Medina, conocida como la ciudad silenciosa, es otro emblema de la isla. Sus tortuosas calles fortificadas, iglesias y viejas mansiones la envuelven en un aroma medieval del que podremos seguir disfrutando en la impresionante fortaleza de los caballeros cruzados. Aunque, sin duda, es La Valletta, sede del gobierno maltés, su símbolo de personalidad más acusada. Sus gigantes murallas del siglo XVI y el trazo de sus callejuelas donde la brisa fresca del puerto invade cada rincón, la convierten en un verdadero regalo para los sentidos. Auberge de Castille, uno de los palacios más esplendidos de la metrópolis, el Museo de San Juan, obra maestra del barroco y el impresionante jardín de Upper Barrakka, son solo algunas de sus reliquias.
Pero no todo es visita cultural, en Malta también existe un espacio y un tiempo para el ocio al más puro estilo occidental. Su gastronomía, al igual que su propia esencia, también se caracteriza por la mezcla de culturas y la herencia de un rico pasado. Aunque predomina la influencia siliciana, los casi ciento cincuenta años de dominio británico han dejado huella, así que no es difícil encontrar tradicionales comidas inglesas. No obstante, sus especialidades locales suelen ser las propias de la "dieta mediterránea". El pescado fresco, sobre todo, el "lampuka", un tipo de caballa, y el conejo generalmente frito u horneado en un guiso o en un pastel, son sus platos más cotizados, siempre acompañados de una típica y refrescante cerveza maltesa. Aunque es, sin duda, la noche el momento más esperado; cuando cae el sol cafés, espectáculos, fuegos artificiales, bares de copeos y grandes discotecas nos dan la bienvenida. Resulta curioso que sea el punto más lejano de Europa el elegido por los djs más internacionales para hacer sus presentaciones.
Así es Malta, rocas de color miel en contraste con uno de los azules más intensos del Mediterráneo y atardeceres que tiñen el persistente amarillo de las sólidas fortificaciones, con los brillos rosados y opacos del alba. Una íntima melodía de sensaciones, que nos sumergen en la más profunda y febril pasión. La pasión y la fiebre del corazón del Mediterráneo.
Por María Guerrero