La buena noticia
Manolo Montes

Una generación bombardeada

Tenía pensada para hoy otra Buena Noticia, mas acabo de recibir un correo que ha hecho cambiar mi intención. La carta de un joven padre de dos hijos me ha puesto a cavilar.
Pertenezco a la generación de niños nacidos en la posguerra, de padres que habían terminado hasta las narices de pelearse entre ellos, cuyo horizonte más cercano era conseguir que comiéramos todos los días algo, y pollo por Navidad. Su mayor ilusión estribaba en que aprendiéramos en la escuela, hiciéramos la primera comunión, nos preparásemos cultural y laboralmente para un futuro económico lleno de paz y prosperidad, y llegásemos a la "mili" sin problemas. Lo que venía después ya era cosa nuestra.
Para todo lo anterior, se preocupaban de que estuviéramos bien bautizados, catequizados, casados por la Iglesia y, sobre todo, no nos metiéramos en política, que bastante caro le había salido a los españoles. El ser católico era signo de cordura y políticamente correcto. Para todos. Los de izquierdas de "toda la vida" incluidos. Que por ahí quedan fotos. La siguiente generación es harina de otro costal.
Esta situación no se arregla en las escuelas ni en los debates de la televisión, Precisa un tratamiento de raíz. Los cristianos tenemos que volver a los principios. Evangelizar. Dar la buena noticia. Desde el principio. No dar nada por sabido. Boca a boca. Con la palabra y, sobre todo, con el ejemplo. Sin identificaciones partidistas. Sin miedo, pero sin prepotencia. Como nos enseñó Jesús. "No me atrae nada la religión" -me dice mi joven amigo en su carta-, "no encuentro motivos para creer" -añade-, "espero que mis hijos, cuando tengan uso de razón, decidan por ellos mismos". El problema, añado yo, es que pierdan la referencia para comparar.
Mi BUENA NOTICIA de hoy es que nos queda mucho que hacer a los hombres de buena voluntad. Tenemos que espabilarnos ahora que gozamos de más tiempo libre. Entre todos, creyentes o no, tenemos que establecer un espacio de comunicación sin verdades absolutas. Los hijos de la transición tienen más conocimientos, mejores medios de vida y más libertad que nuestra generación. Pero esas posibilidades las vuelcan en el tener, olvidando el ser. La intransigencia de los "poseedores de la verdad" -entre los que a veces me incluyo- y la suficiencia de los "nuevos libertadores", impide el dialogo fe-progreso del que tan necesitada está esta sociedad. Yo me apunto a esta última propuesta. En ella estoy. Por eso recibí esta carta que me ha hecho pensar. Y al que me la ha enviado… también.