

La buena noticia
Manolo Montes
Julio ha encontrado la paz
Conocí a Julio hace más de 10 años. En aquella época, él llevaba con gallardía sus más de cincuenta años, un atuendo de quiero y no puedo y un amaneramiento ostensible. Un día le pregunté por su condición de homosexual a lo que me contestó con cierto orgullo: "de eso nada, yo soy mariquita, de los que ha habido toda la vida en Málaga". No tuvo que salir de ningún armario. Jamás había entrado en él.
Se presentó en un Cursillo de Cristiandad que yo coordinaba. Ni se, ni me importa, quién le habría invitado. Ignoré prejuicios y "recomendaciones" y le acepté sin condiciones. Un gran hombre. Lejos de los "zerolos" reivindicativos que se consideran incluso "superiores", o de los solapados que disimulan su condición vergonzantemente.
Julio llevo con dignidad su condición humana, distinta de otros, en unos tiempos difíciles para ello. Fue despreciado por su familia (lo que más le dolió), por el ejército, por sus vecinos, por toda la sociedad. Como tantos otros jóvenes "distintos" de la posguerra, tuvo que emigrar a Barcelona en busca de la única salida que se les ofrecía. El mundo del espectáculo. Actuación tópica y típica de mariquita andaluz. Su escasa calidad artística le impidió realizar su sueño, y su manifiesta condición, le apartó de muchos empleos. Acabó dando con sus huesos en la cárcel en aplicación de una extraña interpretación de la ley de vagos y maleantes.
Le perdí un poco la pista porque comencé a "trabajar" con otro grupo. Un día, zapeando, le vuelvo a ver en un programa de Televisión de Canal Sur. Su rostro lloroso apareció en primer plano. El espacio estaba dedicado a los problemas de los homosexuales. Yo soy mariquita a mucha honra -espetó mirando fijamente a la cámara- pero éste que tengo aquí - dijo, señalando un crucifijo que colgaba de su oreja- me quiere y me acepta como soy, esto me lo han enseñado en un Cursillo de Cristiandad. Los únicos que de verdad me han querido.
Me consta que Julio vivió sus últimos años integrado en una parroquia, integrado y feliz. El día de Navidad me entere de su fallecimiento. Se había ido como había venido, pobre, con orgullo y mariquita. En el cielo habrá entrado como él quería. Cantando por Juanita Reina (bien) y con una bata de cola. Allí nadie le va a aplicar ninguna ley rara. Bienaventurados los limpios de corazón. Porque ellos ven a Dios. Julio ha encontrado la paz.