

La buena noticia
Manolo Montes
Aprovechar la ocasión
El pasado sábado a eso de la una de la tarde, observé lo que en principio me pareció una concentración de moteros. Posteriormente, descubrí con sorpresa, que se trataba de una boda. A las puertas del Ayuntamiento de Málaga, con una temperatura que hacía pedir auxilio a las palmeras del parque, una pareja de recién casados, adecuadamente pertrechados de los indumentos propios de la ceremonia, cabalgaban a lomos de una moto de esas que parece que llevan en la chepa del conductor a la persona que hace de paquete, la cual, dada la diferencia de altura entre los asientos, parece que está sentada en la fila posterior de una grada futbolística. Para rematar la faena, la conductora ¡era la novia! y el novio… de paquete. Ni corta ni perezosa, la flamante esposa, habíase remangado el vestido largo de fina seda salvaje, de color blanco roto, a la altura conveniente. El novio iba con su traje de ceremonia sentado como si fuera en el pescante de un coche de caballos. Tras ellos, un par de docenas de motos de gran cilindrada, trasladaban al resto de los invitados ataviados “de grana y oro”. Todos, novia incluida, pertrechados de sus correspondientes cascos. Cásese, pero seguro. Como era natural, se hacían notar con la repetida utilización de sus cláxones… “De durse”. Por la tarde, a las seis, con la fresquita, me reunía con cincuenta y cuatro parejas que están realizando los cursillos de Iniciación a la vida familiar y el matrimonio, con el laudable fin de intentarles transmitir el Espíritu Cristiano que nos ha permitido a la Señá Ani y a mí convivir durante treinta y siete años sin habernos denunciado, arrojado los trastos a la cabeza, o tirar por la calle de en medio con una separación rápida o lenta. Tiempo, y a veces, ganas, hemos tenido para todo. Pero cuando se pone a Dios en medio, la cosa varía. Mi buena noticia de hoy es que me encontré con argumentos para descubrirles las bondades del casorio si se intentan seguir los preceptos evangélicos del Sacramento del Matrimonio y la sabiduría humana, casi divina, de aceptar las deficiencias del otro. En una palabra: amar con mayúsculas, sin esperar nada a cambio. Decía G.W. Leibniz: “Amar es encontrar EN LA FELICIDAD DEL OTRO la propia felicidad”. De ninguna manera quiero establecer entre estas dos formas de celebrar y entender el matrimonio una comparación. decía François de la Rochefoucald que: “No hay mas que una clase de amor, pero hay mil copias diferentes”. Seguro que la pareja sobre ruedas se quiere un montón y va a vivir una vida muy feliz y llena de amor. Donde intuyo el problema es cuando surjan las “averías”. Mi experiencia es, que si se acude a los talleres “Evangelio de Jesús” las dificultades se enfocan de otra manera y… se resuelven.