La buena noticia
Manolo Montes

Abrazos gratis

Cualquier invento es susceptible de sacar a flote lo mejor y lo peor de cada uno. Internet es uno de ellos. Lo que está claro es que nuestra generación ya no puede vivir sin teléfono móvil ni sin Internet. Las posibilidades de acceso a la información que nos presta la red son tan extraordinarias como peligrosas. Pero como todo en la vida, depende de nuestra capacidad de control y de selección el poder obtener unos resultados extraordinarios o el que nos facilite la autodestrucción. Lo que es indudable es que este mismo comentario que estoy redactando ahora mismo, en pocos minutos estará al alcance de un tipo curioso de Alaska, de Manchuria interior, de Australia o de Alfarnatejo. "Cosas veredes, amigo Sancho".
Alguien me ‘sopló’ la aventura de un tal Juan Mann. Un joven alocado que un día se encontraba tan solo en Sydney, justo en las antípodas, que se decidió a dar abrazos a cambio de nada. Tropezó con un músico, se liaron las cosas hasta con la policía que le pedía que contratara un seguro, y de hay salió un video. Una pequeña cita en una página gratuita de Internet hizo dar la vuelta al mundo su experiencia. El video de sus abrazos inundó los ordenadores de todo el orbe y su ejemplo se propagó de tal forma, que cientos de réplicas se han ido desarrollando a lo largo de estas últimas semanas. Sin ir más lejos, el experimento de ‘free hugs’ (abrazos gratis), realizado por el Instituto de Mollina se encuentra reflejado en un documento de 4 minutos que ya está colgado en la red. Pese a lo presumible del contenido, me ha llegado a emocionar. Es más he conseguido identificar a una de las abrazadas. De hecho, yo me hubiera prestado muy a gusto a dedicar unas cuantas horas a abrazar a desconocidos, en una palabra a abrazar al mundo. Estamos muy faltos de contacto humano. Nos están vendiendo el temor a los demás. La sociedad tiene una tendencia a la soledad mientras se encuentra entre espacios más masificado. La jungla del asfalto nos parece más peligrosa que la propia soledad del desierto. De hecho, a varios que he comentado el tema de los abrazos, me han espetado sin pensarlo: Si… para que me quiten la cartera...
Los únicos que no temen los abrazos son los marginados y los pobres. No he visto un colectivo que adore más el contacto físico que el de los toxicómanos en rehabilitación. Quizás es, que el que más necesita el apoyo ajeno es aquél que ha descubierto la necesidad de ser feliz. Situación que la mayoría de los mortales ni siquiera nos planteamos. A mi me gusta el contacto físico. Lo demás es cumplo-y-miento. Les recomiendo que lean la vida del tal Juan Mann en la página de Internet Píxel y Dixel. Y enhorabuena a los chicos de Mollina. Lo habéis bordado.