La buena noticia
Manolo Montes

La mirada

Mi abuela decía: "Hasta San Antón, Pascuas son". Y yo, contando con dicha premisa, os voy a contar un cuento de Navidad. Aun estoy en fechas. Lo considero un cuento, porque se basa en una experiencia tan subjetiva que, posiblemente, a cualquiera que le hubiera sucedido lo que voy a narrar seguidamente, lo consideraría un hecho vulgar y sin mayor trascendencia, pero en mi, desató una tormenta de sensaciones que aun no he podido dominar.Parto de la base de que a lo largo de mi vida, y por unas circunstancias muy determinadas y que no vienen al caso, he analizado en múltiples ocasiones el significado de diversas miradas que muchas veces dicen más que las propias palabras. Esta fue una situación en la que hubo una mirada, para mí, trascendente.
La tarde del último día del pasado año me encontraba triste y cabreado. Cabreado porque estaba triste, o triste porque estaba cabreado. El caso es que cuando me siento así cojo el coche y desparezco del mapa. Una vez lo estaba tanto que paré en Suiza. En este caso mi cabreo sería más leve porque solo me condujo hasta la puerta de una parroquia escondida que se encuentra frente a la Clínica el Ángel. Curiosamente encontré un aparcamiento en la puerta. Entré cuando comenzaba la Eucaristía. Eran las siete en punto de la tarde. Me senté en un lugar alejado del Altar pero lindando con un precioso y provocador (en los tiempos que corremos así parece) Belén.
El Templo tenía "una floja entrada" lógica en ese día y esa hora, pero con muy buena voluntad y un mediano oído, se fue desarrollando la Misa entre villancicos y una corta pero esperanzadora homilía. La celebración culminaba con la Bendición de despedida.
En ese momento, observe que entraba por la puerta un hombre de una edad indefinida, de un peso y tamaño considerable y una luenga, cuidada y blanca barba. Iba cubierto por un abrigo oscuro del que solo asomaba por abajo un pantalón muy arrugado. Llevaba la cabeza cubierta con un gorro de Papa Noel que se quitó al penetrar en el Templo.
No se definió claramente como lo que los franceses dirían un "clochard" y que aquí llamamos caritativamente un "transeúnte" hasta que se arrodillo ante el Sagrario que se encuentra en un lateral del templo. Sus pies iban cubiertos por unos zapatos de color indefinido… pero no llevaba calcetines. En ese momento, el celebrante nos invitó tras la bendición final, a acercarnos a besar una imagen del Niño Jesús que se encontraba al pie del altar. Una especie de imán desvió mi trayectoria hacia el mendigo que volvía hacia la puerta quizás para ponerse a pedir. No me dio tiempo a más. Me acerque directamente hacia el. Tiré de cartera y saqué un billete de los que no se suelen dar en las limosnas del "cumplo y miento". Le miré a la cara y me estremecí. Aquél hombre era un tipo totalmente parecido a mi. Mi edad, mi contextura, mi peso. Parecía que me había vuelto a dejar las barbas y puesto una ropa vieja, Tan solo no se parecía a mí en los ojos. Los suyos eran unos ojos grandes, transparentes, claros. Le di el billete y le entregué mi mano. Durante unos segundos nos las estrechamos y ya no vi más. Sus ojos soltaron dos lágrimas y los míos… se anegaron. Di media vuelta y ya no besé al Niño Jesús. Para que. No he visto más al vagabundo y posiblemente no lo volveré a ver. Pero seguramente el Espíritu del Jesús-Amor de Dios se me volverá a presentar. Al menos eso espero. Todos los cuentos tienen una moraleja. En este caso es una realidad. Cuando miras a alguien con Amor este te devuelve el ciento por uno. Conmigo lo hace siempre. Prueba tú. Todos tenemos nuestro pobre. El te mirará.