Con Bala
Álvaro Alarcón

Un gran carácter hace afición
El pasado jueves tuve la oportunidad de compartir un gran sentimiento. Es ese conjunto de variopintas sensaciones que emanan de una realidad tan poderosa como comprensiblemente prescindible para diversas parcelas de la sociedad. En primer lugar, me parece obligado aludir a una cuestión: ¿Uno nace o se hace de un equipo? Los románticos se decantan contundentemente por la primera opción, pero hay instantes con los que, en muchas ocasiones, no se cuenta, y que voltean con suma facilidad esa creencia. En este caso, uno de esos instantes adopta forma de persona, de personaje, al que un trato efímero no ha hecho inexpugnable mi oportunidad de observar su grandeza humana, incluidos esos pequeños resquicios y socavones en la personalidad, por otra parte muy necesarios para incrementar la valía de las personas. Los roces y conflictos interpersonales hacen crecer a todo aquel que no rehuye a enfrentarse a la vida, a mirarla cara a cara y a apedrear tejados ajenos si se precipitan vilmente sobre las convicciones propias. Enrique Atencia Portillo ha peleado denodadamente por mantener a flote a `su´ Vélez durante 50 años. Nadie como él conoce con precisión de cirujano los rincones más ocultos de la filosofía del club, además, tiene el inmenso mérito de haber sido participe del crecimiento de una empresa humana que alcanza más de 80 años en los corazones de muchos veleños y veleñas. En el merecido homenaje que le fue manifestado por sus personas más cercanas, Manolo Hierro dijo algo que resume perfectamente quién es y cómo es Enrique Atencia. "Esto no es un homenaje, es una obligación". No se puede disparar una flecha y obtener mejor blanco.
Me consta que siempre escenificó un carácter fuerte, racial, en ocasiones de cierta agriedad, incluso pendenciero, pero ese tipo de personas son los que sobresalen. Para culminar este pequeño presente a mi amigo Enrique, quiero rememorar un pasaje que tuve la oportunidad de disfrutar en los fuegos fatuos de su homenaje. Probablemente, fui el último no familiar que terció con él antes de marcharse, a eso de las 00.15 horas. "Enrique, nos vemos", le reclamé, a lo que me respondió con ese gracejo tan característico suyo: "Claro que sí, cuando me necesites o quieras algo del Vélez, llámame". Vélez, Vélez y Vélez. De cada 3 palabras, una se refiere a uno de sus grandes amores. Ahora si puedo responder a la cuestión inicial. Gente como Enrique Atencia Portillo contribuye magistralmente a hacer equipo, a convertirte a su particular religión. Que me perdonen los románticos, pero como le dije a mi amigo, "tu has hecho que sea más del Vélez". Gracias, fenómeno.