El desorden
Alejandro Díaz

La silla

Esperaba abrir la puerta y que algún compañero me asaltara. Las luces se encenderían y todos reirían al compás de la estupidez más insana e irreversible. Cumpleaños feliz, cumpleaños feliz. O quizá, esperaba quedar encerrado, sentado en la silla que hay junto a la ventana, hasta que abriera la puerta el director y me viera con mi pitillo pasándome por la jurisprudencia de mis pulmones el cancerígeno peso de la ley. Pero no. Al otro lado de la puerta, junto a la ventana, la silla estaba fumando, relajada, estrellando círculos de humo contra los cristales. La misma sobre la que cada día los fumadores de la empresa -sólo los activos- sentábamos nuestra adicción por un rato de placentero exterminio.Para romper el silencio, que comenzaba a ser más incómodo que fumar a escondidas, le hablé del tiempo y de Kafka, dos cosas que influyen mucho en mi personalidad. La silla sonrió. Me dijo que a ella le gustaba la literatura hispanoamericana y la cerveza bien fría. Además, desdeñó a Kafka porque le parecía poco vitalista. Ella me habló de un pasado glorioso, un tiempo en el que las sillas de la empresa eran mejores, más íntegras, ideológicamente convulsas, antropomórficamente sinuosas pero firmes. Y sin embargo, el tiempo fue habitando los pasillos, cruzando las luces invencibles de una oficina. Vieron rodar cabezas, arrugarse los vértices de la dignidad, muchas veces, temblaron al oír la voz ronca del despido, se marchitaron, al fin, se ajaron y criaron astillas y óxido. No sólo por fuera: óxido en las entrañas, carcoma aventurada hasta los tornillos. Me contó todo. Las sillas planeaban perpetrar protestas y difamaciones de máxima certeza en los despachos y las fachadas. Me llenó de propaganda el corazón. La silla dijo que yo también era una silla.Yo dudé qué era, pero no qué pasaba. Capítulo dos, tercer epígrafe del Código de buena empresa y moral: “El buen empleado sabe que un chivatazo a tiempo es un ascenso seguro”. Y eso es lo que hice. Llamé a la puerta e interrumpí la reunión de directores. Les conté todo: cómo la silla me había citado en el cuartucho y ofrecido un puesto en su trinchera. Cómo pude y nunca quise disparar contra mi patria. Cómo fui más fiel a un organigrama que a mí mismo. Punto por punto describí la historia de un héroe. Pero los directores, ufanos, no quisieron creer nunca lo que les dije. Me dieron el resto de mi vida libre despachado junto un aluvión de carcajadas que, además, tuve que firmar. Salí del despacho y volví a fumarme el último cigarro que me quedaba. La silla seguía allí. Yo me agaché y le pregunté si quería sentarse.