El desorden
Alejandro Díaz

Jueguetes rotos

En Estados Unidos, un encefalograma plano, además de la presidencia del país, te puede llevar a salir en los telediarios de todo el mundo. Hace dos semanas saltó una noticia inquietante: un norteamericano le había sacado a su hijo la licencia de armas, para que éste se pudiera defender de la paranoia universal que les invade cada día, pero a tiros y por lo legal. Esto, que desde ya puede parecerle al lector una metodología didáctica un tanto discutible, no es nada: su hijo tiene diez meses, una licencia y una pistola, porque papá no vacila y va en serio: también le regaló el arma. Así, que antes de su primer aniversario en este mundo hostil y deficiente mental, el niño ya cuenta con una ocho milímetros y lo más problemático: en los próximos años probablemente también encuentre un objetivo. Porque suponemos que Bambi no es la película favortia de papá, quien compartirá con su recién nacido entretenidos cinefórum con lo peor del género cinematográfico y humano. Yo me pregunto qué hacemos con la infancia. Ayer otra noticia me llamaba la atención: un tribunal de Polonia estudia censurar la emisión de los ‘Teletubbies’ por la homosexualidad no confesa de ‘Tinki-Winki’, uno de los miembros de la secta, a quien al parecer se le ha visto alguna vez por Torremolinos en plan travesti radical y no es ése, ni mucho menos, el ejemplo que buscan los jueces polacos para sus nuevas generaciones. Los ‘Teletubbies’ son cuatro marcianos en la ladera de un monte que saltan y dicen sandeces. Plantearse la sexualidad de un extraterrestre puede ser una muestra más o menos representativa de cómo va la democracia en Polonia. Más que fomentar la homosexualidad, lo que hacen es persistir en pautas arraigadas al género humano, como lo son a veces la ignorancia y la estupidez. En cualquier caso, ninguna de las pautas pueden entenderse como motivos de censura en un estado de derecho. Lo que sí deberían impedir los estados democráticos es que un niño sea socio de las armas antes que de las palabras. Si previo al balbuceo tópico de ‘mamá, mamá’, su hijo aprende a decir, con o sin ramalazo, ‘kafelnikov, kafelnikov’, algo se está haciendo mal. Desde las instituciones de la presunta primera democracia del mundo se fomenta que la infancia sea tan efímera como una bala que se escapa para alojarse en el corazón de un Peter Pan que caerá rendido mucho antes de tiempo. Y la infancia es la única patria posible, la que llega antes de todas las banderas, discursos e himnos. Por eso, hago un llamamiento a la sensatez y solicito que ese padre, así como los tribunales polacos, sean fusilados cuanto antes. Eso sí, con balas de juguete.