

El desorden
Alejandro Díaz
Exiliado en Plutón
Lo decidieron el pasado mes de agosto y desde entonces, nuestro sistema, el solar o capitalista, tiene un planeta menos. ¿La razón? Plutón no da la talla. Los astrónomos concluyeron que el tamaño importa y con este infame aforismo, como un B52 sobrevolando el autoestima del astro, confirmaron que prescindirían de sus servicios para la eternidad o el fin del universo. Lo que antes suceda.
A mí me preocupa esta clase de medidas. Más empapados por el espíritu del capitalismo dogmático que por lo modelos socialdemócratas, estéticamente más amables y al uso en Occidente, los astrónomos comienzan a concretar quiénes son y quiénes no tienen derecho a obtener el visado de planeta. Y los criterios son puramente cuantitativos, que es donde según mi opinión radica el error o, cuanto menos, la injusticia.
Relativicemos siempre, pero nunca desde el metraje injusto de la cantidad. Seamos europeos, por una vez, y huyamos del ‘dos más dos son cuatro’. Reparemos en la calidad: ¿Se han planteado los astrónomos lo bien que puede hacerlo Plutón como planeta a pesar de su ‘minusvalía’? ¿Ha reparado algún astrónomo en lo necesario que es para la estabilidad emocional del Sistema Solar contar con Plutón? ¿Y en los problemas estructurales que pueden causar en la mente de muchas generaciones que en su infancia lo memorizaron como uno más? Y viajemos más lejos: ¿Cómo hacer para que tantas sociedades ilustradas en las bases del Antiguo Sistema Solar acepten, de un día para otro, que su profesor de secundaria no estaba en lo cierto? ¿Pudo no estarlo también el profesor de matemáticas durante la primaria?Y, de ser así:... ¿Son dos y dos realmente cuatro?
Vayamos a la esencia. Supongamos que en Marte hay vida. Sí. Supongamos que todos somos unos ‘frikis’ y sólo con nuestra devoción conseguimos que en Marte haya vida. Vida inteligente, además, y no lo que hay en la Tierra. Imaginemos que Marte decide, de un día para otro, que la Tierra no es un planeta. ¿Cambiaría su opinión los movimientos de rotación y traslación? ¿Alteraría la gravedad? ¿Cerraría o abriría el agujero de la capa de ozono? No. La Tierra seguiría girando igual, sólo que un poco más indignada.
Por mi parte, debo confesar que adoro a Plutón. Porque si nuestras acciones directas sobre lo más nimio resultan, a la par, nuestra caricatura; es Plutón la metáfora perfecta de que la grandeza no reside en las categorías, sino en la elegancia de la esencia: de su gravitación empírica y chulesca. Existe y su existencia amarga y empequeñece todas las denominaciones. Y deja a los astrónomos a la altura de meros lingüistas, aburridos y obsoletos, como casi todos.