El desorden
Alejandro Díaz

Un recorte de letras para H

A menudo el hombre se pierde entre definiciones, frecuenta el bostezo como las putas las esquinas, y se aburre a sí mismo, tripulante del tedio universal. Así habla, disputa sus palabras, las condecora en textos y hace de la retórica un suicidio. Hay días que la vida besa la boca de los hombres y otros, en los que el caos se adueña de su lengua, marchita sus dientes y duerme en su cama.
Los hombres también aburren a los hombres, anuncian el progreso y con esto se distancian momentáneamente del chimpancé. Otros creen a pies juntillas en los conservantes y, desde una trinchera, imaginaria a veces y otras no tanto, temen a los fantasmas que ellos envilecen en delirio. Ciertos días, en mañanas de luz o lluvia, acuñan al equilibrio el término felicidad, ávidos de esperanza uniforme. Pero la inconformidad, otro motivo alentador para alejarse del homínido, les agita, les remonta en vuelo fortuito para desmoronarlos como castillos de arena contra un suelo que siempre alcanza un punto más bajo del esperado.
Así un mismo hombre se devora a hasta engordarse a condición de contemplarse absorto, ridículo, científico. Sin embargo, cultiva interiores anoréxicos. Los psicólogos le alentarán a que seduzca a su amor propio con antidepresivos y rutinas. Pero aquel hombre decide que no quiere más espejos y al fin, no es todos los hombres. Por eso le podemos poner un nombre. Se llamará H.
H ya no se mira distorsionado en un espejo. Ahora usa unas lentes ajustadas y observa con matices contemplativos los ojos de otros hombres. Aprende de una lágrima qué son los aguaceros y se mete los dedos hasta el superyo cada vez que se traga el océano de los relojes, la arena de la memoria y los restos del naufragio.
Porque a la morralla no le gusta flotar. Y él es morralla, cristales rotos que aprendieron a habitar otros ojos sin ser oftalmólogos ni lentillas. Sin embargo, la vida, que es una puta sin esquina, le pone morados los ojos a H y le devuelve una cañería con goteras. H es una ecuación que nunca se acabará de resolver; tal vez, porque se tropezó con algunas utopías en el mismo instante en que los espejos prescindieron de H o éste de los espejos.
Buscándote también a ti ha visto demasiadas pupilas que no saben dilatarse ante la explosión alentadora de lo otro. H tiene poco que decir: demasiados ojos no han sabido escucharle. Y para qué engañarnos, las haches siempre fueron mudas.